
Hay juramentos que uno no debiera hacer y aprendí esa lección hace casi 12 años, cuando aun no me venía a vivir a Chile. Juré en el altar que si alguna cosa que no fuera la muerte me separara de mi “garotinha”, Dios tenía permiso para hacerme mierda. Pues bien; como yo soy un pastel, el Todopoderoso no tardó en recordarme que con ciertas cosas no se juega. Esta historia bien podría ser un ejemplo de que, ciertas decisiones mal tomadas pueden, literalmente, enmierdar a la pareja.
Yo acostumbraba a dormir hacia el lado de la cama que daba directo a la puerta de la habitación, pero aquella fatídica noche del verano de 1997 decidí, por algún motivo que no recuerdo, dormir del lado que daba hacia la ventana. De pronto, a eso de las 04:00 de la mañana, fui despertado por un audaz olor a mierda que invadía osadamente el aire del cuarto. Miré hacia un lado y descubrí que mi lolita no estaba en el lecho del pecado. Divisé luz viniendo desde el corredor y me percaté de que mi mujer no había huído con otro sino que estaba en el inodoro desde donde me advirtió que no me atreviera a poner los pies en el suelo; no al menos en cualquier parte.
Al principio no comprendía por qué razón el perfume de la muerte había tomado tan antinatural decisión de invadir la pieza en vez de seguir un curso más científico saliendo por el pasillo en dirección a la cocina. Pero encendí la luz y recordé mi juramento: ahí, a los pies de la cama, había una suerte de pantano de bosta, entremezclándose con el color de la… ¡alfombra!!! Algo así como si los marcianos hubieran derretido a un policía y sólo quedara ese color entre verde y caca tan característico.
Pues bien, ocurrió que durante la noche esta niñita de 19 años tuvo una indigestión avasalladora pero, al levantarse del lado contrario de la cama, tuvo una pérdida de la orientación y trató de salir de la habitación por la puerta del ropero! Pero ya era demasiado tarde y “decidió” bajarse los churrines más rápido de lo que lo habría hecho la más experta de las chilenas y puso el alívio de su vientre en el tope de la escala de valores.
Esa fue mi prueba de amor real; pasar el resto de la madrugada limpiando aquella mierda y tratando de eliminar el idílico aroma que golpeaba mi conciencia haciéndome recordar el famoso juramento. Ni todos los sprays del supermercado fueron suficientes para disimular esta gótica experiencia por lo que debimos transportar el colchón hasta el living y dormir ahí por más de tres semanas.
Guardé sigilosamente esta experiencia durante estos 12 años y cuando la recuerdo me parece escuchar la exclamación que salió de mis lábios cuando encendí la luz del cuarto en aquella conspícua noche: ¡MIERDA!