Tour por Marruecos





















Viviendo en uno de los lugares más céntricos de la capital, todo parece ocurrir “al paso”; la gente no se detiene a conversar o conocer gente. No hay un vecino que te invita a una cena porque eres nuevo en los alrededores y, a ciertas horas de la noche, puedes asomarte por la ventana y ver como tranquilamente una banda de lolos bien vestidos desmantelan una tienda de informática sin la menor plancha.

También pueden ocurrir cosas inexplicables como tener en el edificio del frente a un tira ocupando un departamento sólo para filmar durante todo el día el movimiento de los traficantes del carrito de confites, u observar como los guardias del supermercado muelen a patadas, entre todos y muy valientes, a un solo y desarmado ciudadano porque “venia cargado”. Genial. Aquí puede pasar de todo y al otro día nadie se acuerda o se pregunta “qué onda”.

Así fue como una mañana yo venia bajando de una escuela de modelaje donde estaba tratando de engrupirme a la secretaria cuando noté una mujer colorina de unos 40 o 45 años frente a la puerta de la escuela de danza flamenca en actitud de “busco a alguien pero no hay nadie”. Pasé de largo y me metí al departamento, a prepararme un café. De repente, golpean a la puerta. Era la muercilla esa, preguntándome por la profesora de la escuela de flamenco. Le dije que no estaba y el horário en que podía volver. Acto seguido, iba a cerrar la puerta cuando la pintoresca vieja me preguntó si no podía facilitarle un lugar para arreglarse el cierre de la falda. La hice pasar a mi cuarto, cerré la puerta y me fui de nuevo a la cocina. De pronto, me dio por mirar hacia el pasillo y ahí estaba ella, asomada por la puerta de mi dormitorio, pidiéndome que me acercara. Me preguntó si tenía un alicate o un cuchillo para poder abrir un poco el carro del cierre. Fui a buscar un cuchillo y cuando entré al dormitorio me percaté de que se había sacado la falda. Parecía llevar media tonelada de medias sobre el cuerpo… pero estaba ahí… sin falda!

Ya me iba yo de nuevo a seguir en la preparación de mi café cuando ella me dijo: “no te vayai pa que me ayudís!” (que onda, dije yo para mi…). Y siguió: “a ver párate un poquito ahí, déjame ver como está la posición del cierre tuyo”. Y yo le dije que no usaba cierre en mi pantalón, pues de hecho mi pantalón tenía una secuencia de botones, no un cierre. Me sorprendió la respuesta de la mujer: “no importa, si es para ver cual de las dos partes del pantalón va por encima de la otra” (se refería, naturalmente, a que el pantalón de mujer cierra de derecha a izquierda y no como el de hombre). Pero eso claramente tenía poco que ver con la aventura de arreglar un cierre!!! Y no me lo van a creer pero la muercilla ésta, anduvo “manipulando un poco el área”, pero no tocó ninguna parte “sensible”. Hasta el día de hoy, no me explico cómo mierda le permití eso. Pero bueno… se puso la falda y se fue dando las gracias…

Volví finalmente a la cocina cuando de nuevo golpean a la puerta! (Shit).. Quién será ahora? Ella de nuevo, con su sonrisa de “por-favor-alguien-me-pesque”, contándome que “de nuevo se me salió… por favor, déjame verlo una vez más”. Mierda! La hice pasar otra vez, pero no le quité la vista de encima pues esto ya pasaba de sospechoso. Fue un error! Me llamó de nuevo a que me acercara a ella y otra vez lo del cierre que, como ya sabemos, no existía en mi pantalón. Pero esta vez ella metió la mano! Metió la mano por dentro de mi hermoso marrueco palpando el pantalón por ambos lados, y esta vez sin dejar de rosar amenazadoramente el orgullo de mi existencia. “Estás bien abrigadito, ah?” – me dijo. Aún no descifro con exactitud lo que quiso decir con eso porque yo no me pongo nada abrigador por debajo. Sólo el calzoncillo. Bueno, esta vez la mujer “arregló” su cierre y se marchó. Finalmente, dije yo. Y me fui a la cocina a empezar de nuevo todo el proceso de prepararme mi delicioso café brasilero, tostado y molido, jejeje… Y adivinen qué? No, esta vez no golpearon a la puerta. Era el comunicador interno de la central telefónica. Fui a contestar. Era mi papá.

Mi papá me preguntaba detalles sobre una cierta colorina y si esta tenía que ver con un comentario que yo habia hecho un par de días antes... Pero mi comentario de dos días antes era sobre otra colorina que no tenía ningún problema con su falda. Entonces procedió a relatarme que hacía pocos minutos una mujer colorina, de cierta estatura, había golpeado a la puerta de su departamento pidiendo permiso para… ARREGLARSE EL CIERRE DE LA FALDA!!!

Yo le dije: “papá, no me digas nada… te pidió que le mostraras el cierre” … Y mi papá: “cómo lo supiste???” jajajajaaja… La volaíta, gente mía! Y mi papá siguió: “no sólo eso, weon, me metió la mano! No sé en qué estuve yo que la dejé hacer eso! (y yo cagándome de la risa al otro lado del fono)… más encima, como me rosaba, el niño se me empezó medio como a depertar…” JAJAJAJAJA… yo no lo podía creer. “Quién sabe qué hubiera pasado si yo hubiera agarrado papa”, terminó de relatar.

Felizmente, mi papá y yo tenemos estómago… y buen gusto, jaja. Aunque a veces uno se equivoca, pero no en este caso, jajaja. Cuando llegó su secretaria le conté por anticipado y ella simplemente creía que se trataba de una broma y me dijo: “cuando me lo cuente tu padre te voy a empezar a creer”. Yo salí al sector alto de la ciudad a hacer una diligencia y, cuando volví, la secretaria estaba prácticamente revolcándose en el suelo de tanto reír. Mi distinguido progenitor acababa de narrarle los hechos pormenorizadamente.

Cabe hacer notar que el departamento de mi padre y el mío, al momento de desatarse los hechos, los separaba tan solo un piso del edificio. Plop!